Y A CONTINUACIÓN DIMITÍ

-“Bueno no es ningún secreto. Una noche de verano en que me encontraba fuera de servicio en un bar de los  alrededores de Washington donde los polis no tienen que pagar las copas, dos chavales entraron a atracar. Al salir le pegaron un tiro al camarero en el corazón. Los cogí en la calle. Maté a uno de ellos de un disparo y al otro le di en el muslo. Nunca volvió a caminar recto.
– Entiendo.
– No, no lo creo. No era la primera vez que mataba a alguien. Estaba contento de haber acabado con uno de ellos y sentí la recuperación del otro.
– Entonces….
– Un disparo se desvió y rebotó. Le dio a una niña de 7 años en el ojo. El rebote le quitó a la bala gran parte de la fuerza que llevaba. Unos centímetros más arriba y probablemente le habría dado en la frente; le habría dejado una fea cicatriz, pero nada más. Sin embargo, de aquella manera solo había un tejido suave entre medias y la bala fue directamente a su cerebro. Me dijeron que murió al instante. -Me miré las manos. El temblor apenas era visible. Cogí la taza de café y di un sorbo-. No se me consideró culpable. De hecho, obtuve un elogio del departamento. Y a continuación dimití. Ya no quería seguir siendo poli.”

Dice el detective privado Matthew Scudder en la novela “Los pecados de nuestros padres” del prolífico autor Lawrence Block.

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