Sin límites

Carl Morck y su Departamento Q son los protagonistas de la novela  Sin límites (2014), del autor danés Jussi Adler-Olsen. Es la sexta entrega de esta serie publicada en nuestro país.

Morck, Assad y Rose llevan ya siete años juntos en el Departamento Q. Siguen, más o menos, con sus mismas costumbres y manías.

El inspector Carl Morck suele desayunar copos de avena con azúcar y algo de cacao. Cuando ha pasado mala noche suele dormitar en su despacho con las piernas encima del escritorio. Fuma mucho. Echa de menos una relación sentimental como las que tuvo con Mona o con Lisbeth. En el testamento de su primo Ronny se encuentra con su padre, Gunnar, un agricultor, más seco que la mojama e infinitamente cansado, pero todavía erguido y firme. Nuestro sabueso sigue viviendo con Morten y Hardy.

Assad, sirio, sigue siendo el ayudante de Carl. Moreno de “testa rizada”, con barba de días. Masca chicle.

Rose en su línea de siempre, excéntrica y exagerada. En esta entrega tiene poco protagonismo.

Gordon es el último agente incorporado al Q. Es un enchufado. Alto y enorme, siente una gran atracción por Rose.

Otros personajes:

John Birkedal es comisario de la isla de Bornholm. Está casado y es muy atractivo.

Martin Marsk es periodista del Formiddagsposten.

Tomas Laursen es el cantinero de la comisaría, antiguo perito del Cuerpo, de los mejores. Está pálido y demacrado, dice que es por que su mujer sigue la dieta 5:2 y le ha obligado a hacerla a él también. La dieta consiste en cinco días de comer poco y dos de ayuno.

Ilse es una de las secretarias de la jefatura, conocida como La Loba. Tiene la frente brillante, las pestañas húmedas, el pelo grasiento y una mirada que era capaz de arrebatarte la alegría a cien metros de distancia.

Lars Bjorn es el nuevo jefe de Carl, No se llevan nada bien. De largos dedos nervudos.

Me ha gustado esta novela, Sin límites, que continúa la línea de las otras seis entregas del Departamento Q. En esta ocasión nos encontramos ante una larga y difícil investigación. En algún momento se habla de una auténtica travesía en el desierto. Carl y su equipo se empeñan en saber quién mató a una joven que apareció muerta hace 17 años, colgando cabeza abajo de un árbol. Además, quieren saber por qué el policía que llevaba mucho tiempo investigando minuciosamente este crimen, de pronto se ha suicidado. Infinidad de pistas e interrogatorios parecen llevar hasta un centro esotérico, la “Academia para la Fusión con la Naturaleza”, que tiene un director, tan seductor como enigmático. Pero el desenlace nos depara algunas sorpresas. Novela con fondo social y a veces emotivo.

En página 449, en el coche, Carl y Assad hablan:

“- ¿En que piensas, Assad? preguntó al fin, pasados trescientos kilómetros y con el puente a Öland a la vista.
– ¿Te has preguntado alguna vez por qué hay camellos en el desierto, y no jirafas? -pregunto Assad
– Tendrá algo que ver con la comida, ¿no?
Assad suspiró.
– No Carl. Piensas en términos demasiados rectos. De vez en cuando deberías intentar pensar más oblicuo, te iría mejor.
Santo cielo, ¿ahora iban a darle lecciones de geometría cerebral?
– La respuesta es fácil: si hubiera jirafas en el desierto, se morirían de pena.
– ¡Ajá! ¿Y por qué?
– Porque son tan altas que sabrían que solo hay arena y más arena hasta donde alcanza la vista. Por suerte, el camello no lo sabe, así que sigue caminando, con la idea de que el oasis está a la vuelta de la esquina.
Carl hizo un gesto afirmativo.
– Ahora entiendo. Te sientes como una jirafa en el desierto, ¿verdad?
– Un poco. Pero solo ahora.”

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